domingo, 6 de diciembre de 2015

CONSUMIR INTENTOS

CONSUMIR  INTENTOS 
(Santiago 1:2-8)

Es interesante saber que muchos exitosos tienen como testimonio común el uso de la persistencia y  la perseverancia constante para alcanzar algo que vino a formar parte de una visión personal o familiar, profesional o empresarial. De allí que oímos, de boca de muchas personas y en libros de muchos afamados y distinguidos autores, la frase: “hay que aprender de los fracasos” ó frases así por el estilo.
Como un cuento que trata sobre un ave que quiso volar antes de tiempo, hasta una altura ostentosa y a una velocidad extraordinaria; que, después de tantas alas rotas, logró hacerlo; de ello, quiero hablarles. 
Debo aclarar que si a alguien pretendo engendrar, ministrar o enseñar en su espíritu, la motivación y el incentivo de no rendirse, o de no darse por vencido por alcanzar aquello que anhela, no solo por meta personal sino también porque hay la seguridad de que quien puso esos sueños en el corazón es el mismo Dios, es a mí mismo.
¿Cuántas oraciones cree usted que no han sido respondidas, por el hecho de no haber tenido la suficiente paciencia que implica esperar? Ciertamente, Jesucristo nos enseña que debemos pedir y se nos dará; pero también aclara que cuando pedimos y no recibimos, es porque no sabemos pedir. Esto de no saber pedir, no solo se refiere al objeto motivo de la petición, en cuanto si es conveniente para el que lo pide o no, sino a muchos otros elementos o factores cuya existencia tienen la virtud de provocar el mover de la mano de Dios: me refiero a la intención, al momento, tiempo u oportunidad de la petición, a la preparación o carácter del requirente; o a la ambición “santa” o perseverancia y esfuerzo que aplica o practica el necesitado en su demanda. Esta última, no puede ser más que el producto de un hombre o mujer que se mueve en fe, que ha alimentado su espíritu de la palabra de Dios, al punto que nada le hace desenfocarse de aquello en  lo que ha creído que Dios ha puesto en su corazón. El insistir, el ser constante, el perseverar; nada tiene que ver con el afán y el desespero; más el que así actúa no reconoce el poder de Dios, para hacer las cosas, ni respeta sus tiempos, ni acepta la voluntad de Dios. El que persevera en algo, tiene algo que no posee o desconoce el afanado; y eso es la paz y el descanso en Jehová de los Ejércitos, mientras que por el tiempo que Dios lo permita pueda esforzarse, entusiasmarse y ser valiente; sin temor y confiando solo en Dios hasta que vence y alcanza lo deseado.
El afanado se queja en cada intento fallido, el justo perseverante en Dios, ora y le alaba, mientras se levanta, se ciñe y va por otro intento distinto al que hizo anteriormente. El afanado cree solo en su conocimiento y sus fuerzas; el orgullo le ciega y cae en sus propios y repetidos errores. El perseverante está dispuesto a ser enseñado por Dios y a dejarse ayudar por El; su humildad le abre puertas y lo hace sensible a dejarse abrazar por la sabiduría que pide y que viene de lo alto para ser obediente.
Cada intento para el afanado es una pérdida de tiempo y una apetitosa oportunidad para rendirse;  pero para los que creen en Dios, son como  las luchas de David contra lobos y leones que lo prepararon para derrotar al gigante Goliat. El afanado se deprime en cada fallido hasta que abandona la carrera; pero los que creen en las promesas del Señor renuevan sus fuerzas en El, se levantan y vuelan como las águilas. El afanado cuenta (de contar) los intentos para contarles a los demás que le fue imposible y nadie podrá lograr lo que se propuso. Pero el que cree y confía en el Señor, hablará de la Gloria de Dios manifestada en cada intento consumido y celebrará, con gran alegría, la oportunidad perfecta, en el que logra lo soñado. El tiempo de Dios es perfecto como El.      
Te recomiendo que en cada intento que consumas por lograr algo, no dejes de enunciar una frase poderosa del Apóstol Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Pero esta frase no puede ser emitida con poder, sino es dicha con Fe; y para ello es fundamental que tus oídos aniden en tu mente palabras de Dios de continuo, y así pueda entender tu espíritu, las revelaciones que el  Espíritu Santo de Dios le hable.
Los procesos de Dios son esos intentos que consumes, que forman como eslabones de una cadena, que te van formando progresivamente y, como escalones que subes,  te llevan a niveles de Gloria superiores a los que sueñas, porque los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros.
La oración eficaz del justo lo puede todo, y da resultados maravillosos” aliméntate constantemente de la palabra de Dios, conéctate con El, trata en lo íntimo con El, para que puedas discernir sus pensamientos y sus anhelos. El Espíritu Santo nos anhela, sé recíproco con El; pides y no recibes porque no sabes pedir, pero si tienes tus oídos espiritualmente abiertos para  El, sabrás a donde ir y hacia donde dirigir tus esfuerzos; obedece sus mandatos por muy alocados que sean y alcanzarás la meta que Dios ha predestinado para sus hijos.
Cada intento es una oportunidad para recordar que nuestra verdadera naturaleza radica en ser más que vencedores. Es una oportunidad para enfrentar los pensamientos de perdedor y derribarlos, cual Goliat fue derrotado por David.  El señor te dice hoy: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te daré fuerzas y te ayudaré, te sostendré con mi mano derecha victoriosa.”(Isaías 41:10)

No dejes de consumir intentos, porque el día menos pensado, en el momento más oportuno, eso que, por Fe, has estado esperando, llegará. Eso que, por Fe, has querido contemplar, lo verás.    

Pedro Reyes   

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Cualquier aporte para mi mejor redacción, es aceptado.
Gracias por leerme! Dios te bendiga!