CONSUMIR INTENTOS
(Santiago 1:2-8)
Es interesante saber que muchos
exitosos tienen como testimonio común el uso de la persistencia y la perseverancia constante para alcanzar algo
que vino a formar parte de una visión personal o familiar, profesional o
empresarial. De allí que oímos, de boca de muchas personas y en libros de
muchos afamados y distinguidos autores, la frase: “hay que aprender de los
fracasos” ó frases así por el estilo.
Como un cuento que trata sobre un
ave que quiso volar antes de tiempo, hasta una altura ostentosa y a una
velocidad extraordinaria; que, después de tantas alas rotas, logró hacerlo; de
ello, quiero hablarles.
Debo aclarar que si a alguien
pretendo engendrar, ministrar o enseñar en su espíritu, la motivación y el incentivo
de no rendirse, o de no darse por vencido por alcanzar aquello que anhela, no
solo por meta personal sino también porque hay la seguridad de que quien puso
esos sueños en el corazón es el mismo Dios, es a mí mismo.
¿Cuántas oraciones cree usted que
no han sido respondidas, por el hecho de no haber tenido la suficiente
paciencia que implica esperar? Ciertamente, Jesucristo nos enseña que debemos
pedir y se nos dará; pero también aclara que cuando pedimos y no recibimos, es
porque no sabemos pedir. Esto de no saber pedir, no solo se refiere al objeto
motivo de la petición, en cuanto si es conveniente para el que lo pide o no,
sino a muchos otros elementos o factores cuya existencia tienen la virtud de
provocar el mover de la mano de Dios: me refiero a la intención, al momento,
tiempo u oportunidad de la petición, a la preparación o carácter del
requirente; o a la ambición “santa” o perseverancia y esfuerzo que aplica o
practica el necesitado en su demanda. Esta última, no puede ser más que el
producto de un hombre o mujer que se mueve en fe, que ha alimentado su espíritu
de la palabra de Dios, al punto que nada le hace desenfocarse de aquello
en lo que ha creído que Dios ha puesto
en su corazón. El insistir, el ser constante, el perseverar; nada tiene que ver
con el afán y el desespero; más el que así actúa no reconoce el poder de Dios,
para hacer las cosas, ni respeta sus tiempos, ni acepta la voluntad de Dios. El
que persevera en algo, tiene algo que no posee o desconoce el afanado; y eso es
la paz y el descanso en Jehová de los Ejércitos, mientras que por el tiempo que
Dios lo permita pueda esforzarse, entusiasmarse y ser valiente; sin temor y
confiando solo en Dios hasta que vence y alcanza lo deseado.
El afanado se queja en cada
intento fallido, el justo perseverante en Dios, ora y le alaba, mientras se
levanta, se ciñe y va por otro intento distinto al que hizo anteriormente. El
afanado cree solo en su conocimiento y sus fuerzas; el orgullo le ciega y cae
en sus propios y repetidos errores. El perseverante está dispuesto a ser
enseñado por Dios y a dejarse ayudar por El; su humildad le abre puertas y lo
hace sensible a dejarse abrazar por la sabiduría que pide y que viene de lo
alto para ser obediente.
Cada intento para el afanado es
una pérdida de tiempo y una apetitosa oportunidad para rendirse; pero para los que creen en Dios, son
como las luchas de David contra lobos y
leones que lo prepararon para derrotar al gigante Goliat. El afanado se deprime
en cada fallido hasta que abandona la carrera; pero los que creen en las
promesas del Señor renuevan sus fuerzas en El, se levantan y vuelan como las
águilas. El afanado cuenta (de contar) los intentos para contarles a los demás
que le fue imposible y nadie podrá lograr lo que se propuso. Pero el que cree y
confía en el Señor, hablará de la Gloria de Dios manifestada en cada intento
consumido y celebrará, con gran alegría, la oportunidad perfecta, en el que
logra lo soñado. El tiempo de Dios es perfecto como El.
Te recomiendo que en cada intento
que consumas por lograr algo, no dejes de enunciar una frase poderosa del
Apóstol Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Pero esta frase no
puede ser emitida con poder, sino es dicha con Fe; y para ello es fundamental
que tus oídos aniden en tu mente palabras de Dios de continuo, y así pueda
entender tu espíritu, las revelaciones que el Espíritu Santo de Dios le hable.
Los procesos de Dios son esos
intentos que consumes, que forman como eslabones de una cadena, que te van
formando progresivamente y, como escalones que subes, te llevan a niveles de Gloria superiores a
los que sueñas, porque los pensamientos de Dios son más altos que los nuestros.
“La oración eficaz del justo lo puede todo, y da resultados maravillosos”
aliméntate constantemente de la palabra de Dios, conéctate con El, trata en lo
íntimo con El, para que puedas discernir sus pensamientos y sus anhelos. El
Espíritu Santo nos anhela, sé recíproco con El; pides y no recibes porque no
sabes pedir, pero si tienes tus oídos espiritualmente abiertos para El, sabrás a donde ir y hacia donde dirigir
tus esfuerzos; obedece sus mandatos por muy alocados que sean y alcanzarás la
meta que Dios ha predestinado para sus hijos.
Cada intento es una oportunidad
para recordar que nuestra verdadera naturaleza radica en ser más que
vencedores. Es una oportunidad para enfrentar los pensamientos de perdedor y
derribarlos, cual Goliat fue derrotado por David. El señor te dice hoy: “No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo
soy tu Dios. Te daré fuerzas y te ayudaré, te sostendré con mi mano derecha
victoriosa.”(Isaías 41:10)
No dejes de consumir intentos,
porque el día menos pensado, en el momento más oportuno, eso que, por Fe, has
estado esperando, llegará. Eso que, por Fe, has querido contemplar, lo
verás.
Pedro Reyes
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