Durante una conversación acerca de los efectos que producen los pensamientos negativos en las personas, una amiga expuso lo siguiente:
-“en
mi trabajo hay una cliente que es muy pesimista, ella desea tener una
casa pero cada vez que hace los trámites para solicitarla, reniega o
siempre dice algo negativo; Yo le digo: “pero “!gato negro¡” deja de
pensar así, y confía que tu casa se te va a dar..!!!”
En seguida, otra amiga involucrada en la conversación le dijo:
- Oye pero, no deberías tratarle de “gato negro” porque no le estás declarando bien a esa persona.
Inmediatamente otra de las reunidas en la conversación dijo:
- “¡cámbiale el color al gato!”.
Me
pareció interesante esta afirmación final. ¿Cuántas veces tratamos de
una manera degradante a las personas que nos rodean? Nuestra boca es una
fuente de agua, y está en nosotros decidir que sabor le daremos a esa
agua: dulce (cuando declaramos palabras de bendición, elogio y respeto) o
amarga (cuando ofendemos o denigramos a alguien).
Si de nuestro
vocabulario fluye agua amarga, hagamos el esfuerzo por endulzarla.
Existen personas a nuestro derredor que necesitan ser reconocidos y
valorados, nosotros tenemos ese privilegio de bendecirlas cuando le
damos un buen trato o servicio. Si deseamos cambiar nuestro entorno, no
nos conformemos con seguir conservando pensamientos de fracaso y
estancamiento; más bien transformemos nuestra mente con aquellas cosas
virtuosas y dignas de ser imitadas por otros, cosas agradables a Dios;
como lo habría hecho nuestro Señor Jesucristo.
Empieza ahora y “¡cámbiale el color al gato!”.
“De la abundancia del corazón habla la boca” Mateo 12:34.

