La palabra de Dios dice que la fe viene como
resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Dios.
(Rom 10:17). Cuando tengo fe, esta se hace tangible, se puede notar mediante
nuestras actitudes, por medio de nuestras buenas acciones. La fe con buenas
acciones es muestra de una fe viva, de una fe bien alimentada con la palabra de
Dios. Cobra, pues, importancia la
calidad que tiene la conexión que tengamos con nuestro Padre Celestial, el
portador y proveedor de nuestro verdadero alimento: su palabra.
Vivir en la presencia del Señor, es sentarnos a
su mesa y comunicarnos con El, por medio de la oración y la palabra de Dios,
que es el hilo de comunicación, que alimentará nuestra fe. Sabemos que tenemos
una medida de Fe e independientemente de
cuándo y cómo nos enteramos de esta
verdad, esta Fe será mucha en la medida
que pasamos tiempo con el autor y consumador de esa Fe, que es Cristo (Hebreos 12:2).
Ahora bien, una Fe bien alimentada produce
acciones buenas, por lo tanto es una Fe que tiene vida. Una Fe viva. Una Fe
viva no se estanca, sino que nos mueve, nos activa, busca soluciones, nos lleva
a creer en nuestro corazón que Jesucristo vive y que existe respuesta en el
Señor; la Fe viva provoca a que el Señor conteste, la Fe viva mueve la mano de
Dios a favor nuestro; pues “en realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que
cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa
a quienes lo buscan”.(Hebreos 11:6). Es una
verdad!! Alabado sea Dios por eso! .
Por consiguiente una Fe mal alimentada, una persona desconectada de
Dios, desconocedora de la verdad, jamás puede accionar conforme a la voluntad
de Dios. Una persona, cuya Fe es muerta, no acciona, permanece conforme en la
comodidad que conoce; no arriesga a creer y moverse por más por miedo a perder lo poco que cree tener. La fe muerta no cree en el poder de Dios, o
mejor dicho, a Dios no le mueve eso que ahora yo llamo fe! A decir verdad, no
existe Fe cuando esta carece de vida. Santiago 2:26 lo afirma: “Porque como el cuerpo sin el espíritu está
muerto, así también la fe sin obras está muerta.” Es iimposible que avivemos la fe mientras estemos incomunicados con Dios, no
sabremos para qué somos útiles en su reino, ni sabremos qué piensa hacer con
nosotros ó qué tiene para nosotros. El Señor nos invita a comer a su mesa, este
Rey es bueno, no es como Saúl ni tiene
sus intenciones como para David (1Samuel 20:27), no dejemos el puesto vacío ni
permitamos que el Señor pregunte ¿Por qué no ha venido a comer mí invitado?
No necesitamos estar alimentados en la Fe o preparados para ir a la mesa
con el Señor, es decir, que no sean nuestros conocimientos y buena situación
actual, tampoco que sean nuestros miedos, lo que no nos permita acercarnos a
Dios, pues en realidad como seres espirituales, siempre debemos llevar hambre de su palabra para que
pueda nutrirnos y confiar en él, conforme a lo que él ha planificado para cada
uno de nosotros.” Yo sé los planes
que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de
darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo.”
Jeremías 29:11. Mientras estemos incomunicados
con el Señor, no habrá resultados de Fe, porque desconoceremos la buena,
agradable y perfecta voluntad de él para nosotros.
La fe se
alimenta exclusivamente de la palabra de Dios.
La Fe tiene que ser un cliente especial del restaurante del Señor. El Señor prepara, todos los días, exquisiteces
para nuestro espíritu. Todos los días
hay pan en la casa del Señor. “Pues él satisface al sediento y al hambriento lo
llena de cosas buenas” Salmo 107:9. Por lo tanto, no hay alimento para nuestra
Fe fuera de Dios, no hay otro proveedor, no hay otro que prepare sus recetas
maravillosas. En el restaurante del señor, hay muchos servidores que con
alegría facilitan nuestro acceso a la palabra, al plato sugerido de cada día
para cada uno de nosotros. Por eso es importante congregarnos, asistir al
templo los días de servicio, al grupo de amistad o de casa, y asistir a nuestros discipulados. Nuestra Fe no debe dejar de alimentarse.
La palabra
de Dios fortalece nuestro discernimiento espiritual, afina nuestro paladar
espiritual, lo que nos permite diferenciar cuando algo viene de Dios y cuando
no. Si no estamos habitualmente comiendo
en la casa de Dios, podríamos aceptar comidas contaminadas, podríamos dejar
entrar a nuestro corazón enseñanzas erradas. Hay muchos “servidores” impuros
fuera de la casa de Dios. Hay mucho engañador. Hay mucho profeta del desastre.
Hay información que viene de otros restaurantes, hay otras comidas que no son
las del Señor, aunque se parezca. Por eso debemos estar atentos, pero solo
podemos estar alertas si sabemos la sazón de quien con amor la prepara para
nosotros. Para concluir, solo les invito y persuado a que nos conectemos
siempre con Dios, que sea un hábito, en oración y palabra, dependamos de él, seamos
obedientes a su voluntad. Separados de El nada podremos hacer. Cuidémonos de
los que comemos por ahí, nuestro alimentos es exclusivo, no viene de rumores,
de la prensa, de los medios de comunicación, ni de las redes sociales y tampoco
de falsos profetas ó multiplicadores de la queja, no!. Nuestro alimento
proviene de nuestro Buen Pastor.
“¿Quién de ellos ha estado en el consejo del Señor? ¿Quién ha recibido o escuchado su palabra? ¿Quién ha atendido y escuchado su palabra?” Jeremías 23:18
Pedro Reyes